domingo, 18 de abril de 2021

Marruecos: ¡Tan cerca, tan lejos!

                                         Nostalgia solar. 1962. Mohamed MELEHI


La pandemia no parece remitir como nos gustaría. El confinamiento perimetral me obliga a no salir de Madrid y busco refugio, una vez más, en el arte. Esta semana mis pasos fueron hasta el museo Reina Sofía y la exposición Trilogía marroquí. 1950-2020 me interesó.


La amplia muestra del Reina Sofía me ha permitido contemplar el dinamismo cultural de un país, Marruecos, a lo largo de las últimas 7 décadas. El título alude a tres ciudades:  Casablanca, Tánger y Tetuán. En ellas existieron importantes focos de creatividad y, bajo esa denominación, se hace referencia  a las expresiones artísticas producidas en tres períodos característicos (desde la independencia hasta finales de los sesenta; los años de plomo -1970/1999- y los años del siglo XXI).

Una exposición tan amplia exige varias visitas y paulatinamente fraguó la idea de que Marruecos y España, en términos de evolución socioeconómica, presentan rasgos muy similares de los que dan cuenta los artistas en sus obras. Por seguir con el juego numérico, he seleccionado tres hilos conductores que evidencian las similitudes entre ambos países.

En primer lugar, el arte como denuncia del autoritarismo del régimen político. 












Farid BELKAHIA. Tortura. 1961

Tortura (1961) de Farid Belkahia y Reflexión y reclusión (1972) de Latifa Toujani evidencian el papel de la obra artística como instrumento de protesta. Tanto España como Marruecos compartieron un entorno político no democrático, con fuerte censura y donde la creación artística permitió generar un espacio de crítica social. 






Latifa TOUJANI. Reflexión y reclusión. 1972


Si bien con pautas y velocidades diferentes, ambas naciones evolucionaron hacia monarquías constitucionales. De hecho, en España la constitución vigente se aprobó en 1978; en Marruecos data de 1992, aunque se modificó en 2011, recogiendo parte de las reivindicaciones de la denominada “Primavera Árabe” que sacudía la región.

En segundo término, Marruecos y España comparten una estrategia económica muy similar. Bien es cierto que, en términos socioeconómicos, ambos países están aún distantes, pero el modelo productivo presenta notables coincidencias, si bien la economía marroquí va sustancialmente más retrasada.

 Cuadro 1.- Indicadores básicos de desarrollo.

 

Marruecos

España

Población

36 millones

47 millones

Esperanza de vida (años vida al nacer)

75 H

78 M

81 H

86 M

Tasa de natalidad por 1000 personas

19

8

PIBpc en PPA*

43.496

7.826

Tasa de alfabetización

98

100

Población rural (% total)

37

19

Maquinaría agrícola por 100 KM2 de tierra cultivable

49

831

% ingreso total en manos del 10 % más rico

32

25

PIBpc en PPA es el producto interior bruto per cápita del país calculado según la paridad del poder adquisitivo (PPA). De manera simple, con este procedimiento se estiman las unidades monetarias locales necesarias para adquirir, dentro del país, la misma cantidad de bienes que en Estados Unidos se haría con un dólar.
Fuente: Banco Mundial. Base de datos. Indicadores.
Los datos del cuadro 1 evidencian que Marruecos es un país menos desarrollado que España; un ciudadano marroquí dispone de una renta que es casi seis veces menor que la de uno español. Además, la distribución del ingreso está más concentrada; el diez por ciento más rico de la población marroquí tiene siete puntos más de renta que el mismo estrato en España. Asimismo, la esperanza de vida al nacer es menor para un marroquí que para un español (6 años menor para el hombre y 8 para la mujer). Además, el porcentaje de la población que vive en zonas rurales es casi el doble que en España y su agricultura está mucho menos mecanizada y, por lo tanto, es menos productiva.


                                          Moulay Ahmed DRISSI. Labranza. s.i

Siendo cierto que existe una considerable diferencia, en términos de desarrollo económico y social, entre ambos países, también lo es que la pauta económica de Marruecos es casi idéntica a la de España. Las remesas de los emigrantes, la inversión directa extranjera y las exportaciones agrarias son los tres pilares del crecimiento de la economía marroquí, como también lo fueron para la española de los años sesenta.
Marruecos ha tenido una intensa emigración internacional; más de cinco millones de marroquíes viven en el extranjero y sus remesas son cruciales para dinamizar su economía. Por su parte, las exportaciones siguen sustentándose en el sector agrario (judías verdes, tomates y cítricos) y en los fosfatos, aunque en los últimos años un sector industrial muy ligado a la inversión extranjera está ganando un considerable peso.

Marruecos ha recibido considerables inversiones desde el extranjero con destino, entre otros, al sector automovilístico y aeronáutico, lo que explica la presencia de estos productos industriales en la balanza exportadora marroquí. Las fuertes entradas de capital extranjero en los últimos años han contribuido a modernizar la economía marroquí, como también lo hicieron en la española durante los ochenta en el horizonte de la incorporación a la antigua Comunidad Económica Europea. El título y la evocación de los antiguos ordenadores de esta obra de Mohamed Melehi. IBM 1962, me hizo pensar, de inmediato, en las inversiones de las grandes corporaciones.

La apuesta de las autoridades españolas por el turismo, que comenzó en la década del sesenta del pasado siglo y no ha hecho más que aumentar, se observa también en Marruecos. Los últimos datos revelan que el turismo se ha convertido en sector prioritario existiendo un plan del gobierno para situar al país entre los veinte primeros destinos turísticos mundiales. Cada vez más, desde ambos gobiernos se despliega una estrategia para reforzar los servicios turísticos como generadores de actividad económica. El turismo se presenta como la meta de nuestros los pasos; los gestores porque sus rendimientos son palpables en el corto plazo y ése es su horizonte y los turistas porque la velocidad del viaje nos tienta con una felicidad que se nos resiste en la vida diaria.

Por todo ello, la obra Adán y Eva, de la artista Soukaina Joual, me parece ilustrativa del paraíso que se nos ofrece con el turismo. Y, al final, la manzana tentadora no es la panacea que nos ofrecían. La crisis de la Covid19 ha puesto de relieve la fragilidad de una actividad tan coyuntural y el peligro que implica para las economías depender de sectores tan frágiles; las dos economías han experimentado caídas de ingresos por encima del 60 por ciento. 

Como tercer eje conductor, me referiré a la vinculación entre Marruecos y España, obviando todo lo relativo a las relaciones político-diplomáticas que no entran en esta reflexión. Ambos países se necesitan mutuamente puesto que son socios comerciales importantes. El mercado español es relevante para los productos marroquíes; el 25 por ciento de sus exportaciones van a España y un 16 por 100 de las importaciones son españolas. Además, Marruecos constituye el primer país destino de las inversiones españolas en África. De hecho, Marruecos juega un papel central como puerta de entrada en otros países africanos. Los menores costes laborales y los buenos servicios logísticos de Marruecos constituyen pilares competitivos en sectores como textil, automoción o agroalimentario, por citar algunos de los más relevantes.

En suma, Marruecos es para los españoles un país MUY; muy cerca en distancia y muy lejos en conocimiento. Los medios de comunicación nos dan noticias de pateras, tráficos ilegales y cosas por el estilo. Sin embargo, buena parte de nuestra economía está engarzada con la marroquí. Ambos países presentan una senda de desarrollo coincidente, aunque con distintas velocidades. Los flujos comerciales e inversores son importantes. No sólo una buena parte de las frutas y verduras que comemos provienen de Marruecos, sino otros productos se integran en nuestro sistema económico como bienes intermedios (los que sirven para hacer otros bienes). A modo de ejemplo, citaré la importancia de los fosfatos para la industria química (abonos...), o los componentes automovilísticos para el sector del automóvil español. Los españoles debemos mirar más hacia Marruecos y abandonar una, muy infundada, idea de superioridad que no esconde más que ignorancia.




El lector perdonará mi licencia. La obra de la exposición titulada 500 metros de silencio sea el pasado, dando entrada a un presente convertido en metros de palabras entre vecinos. 



jueves, 4 de marzo de 2021

Frente al Cristo de Velázquez: Y España sigue siendo católica.

 

 

Paseando, sin rumbo fijo, por las salas del museo del Prado me vi junto al Cristo de Velázquez. La belleza del cuerpo de Cristo muerto, respondiendo al planteamiento bíblico de “Cristo, el más bello de los hombres”, sujeto a la cruz con 4 clavos y el halo alrededor de la cabeza caída, me transmiten, siempre, una fuerte emoción.




Diego Velázquez: Cristo crucificado.  1632               José Manuel Ballester: Reinterpretación

Las grandes obras son casi inabarcables y, aunque las hayas contemplado muchas veces, siempre te sorprenden. Al mirar mas allá de la figura de Cristo me detuve en la excepcional factura de la cruz. De inmediato recordé la fotografía de José Manuel Ballester. Este artista rinde su particular homenaje a Velázquez, poniendo de relieve que el arte contemporáneo se nutre de los grandes maestros.

La imagen de esa cruz vacía, en la que la luz se ha rebajado sustancialmente y sólo se mantienen la sangre de los tres vértices y la cartela, constituye la insignia de la crucifixión de Jesucristo. Ahora bien, ese nexo, tan sencillo de encontrar para un cristiano, dudo que sea de fácil interpretación para las tres cuartas partes de la población mundial que profesa otras religiones, tal como expresan los datos del cuadro 1.

Cuadro 1.- Religiones en el mundo.


Principales religiones

Población mundial (%)

Católicos

16

Ortodoxos

7

Protestantes

4

Islam

16

No religiosos

12

Induismo

12

Budismo

11

Étnicos

10

Religión tradicional china

9

Fuente: Anuario Pontificio y Anuario Estadístico de la Iglesia.2020

Las obras del museo del Prado evidencian el peso de la religión católica en España desde hace siglos. De hecho, como señala el historiador J.H. Elliot, desde los Reyes Católicos, se buscó la unidad política entre los reinos mediante la implantación del catolicismo como religión común, lo que explica la expulsión de judíos y moriscos.

Sin entrar al análisis histórico de los últimos cinco siglos, el predominio católico en España ha seguido hasta nuestros días aunque con matices muy relevantes durante el siglo XX. La sociedad española de comienzos del siglo XX se podía identificar como mayoritariamente católica, pero la influencia de la Iglesia fue paulatinamente reduciéndose en las décadas del veinte y, sobre todo, durante los treinta.

El triunfo en la guerra civil del ejército de Franco estableció un régimen político apoyado, entre otros pilares, en la Iglesia Católica. De hecho, el término político que lo definía era Nacionalcatolicismo. A este respecto, resulta muy ilustrativa la información de la cartilla militar de mi padre que hizo la mili en el año 1950. 

Museo del Paloteo.
San Pedro de Gaillos. Segovia
Como puede verse en la foto adjunta, entre los datos que se recogían en el reclutamiento del soldado figuraba el apartado de religión. Las siglas C.A.R responden a la denominación: católica, apostólica y romana que, según el ordenamiento jurídico establecido  en 1939 era “la única religión de la nación española y gozará de los derechos y prerrogativas que le correspondan en conformidad con la Ley Divina y el Derecho Canónico”.

La Constitución de 1978 pone fin al anterior ordenamiento legal y establece la libertad religiosa en su artículo 16, estableciendo que “ninguna confesión tendrá carácter estatal”. Ahora bien, la sociedad española sigue siendo católica. Tal como demuestran los datos del cuadro 2,  el 60 por ciento de los españoles se declara católico aunque sólo el veinte por ciento de la población afirma ser practicante.


Cuadro 2.- Sentimiento religioso de los españoles.


Calificación religiosa

Porcentaje de la población

Católico practicante

19,9

Católico no practicante

39,9

Creyente de otras religiones

 2,8

Agnóstico

11,4

Indiferente, no creyente

10,3

Ateo

14,0

No contesta

 1,7

Fuente: Barómetro del CIS. Febrero.2021


En la última década, según los estudios realizados por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), el porcentaje de personas que se declaran católicas (bien sean practicantes o no) ha descendido casi 15 puntos, mientras se ha duplicado el de aquellos españoles que se reconocen como ateos. Esta evolución pone de relieve la creciente secularización de la sociedad española en consonancia con los procesos de modernidad social que se manifiestan en tres direcciones: decadencia de la práctica religiosa, privatización de la religión y emancipación de la esfera político-social respecto de las instituciones religiosas.

Dicho todo ello, en la España de hoy el catolicismo identitario sigue vigente en las tradiciones populares (fiestas patronales, romerías, celebraciones navideñas…) y por supuesto en acontecimientos sociales, como funerales, por ejemplo. Nuestro lenguaje está impregnado de referencias religiosas, muy especialmente en los momentos de tribulación. Y, así se observan situaciones paradójicas que resultan más destacables en el ámbito de lo político cuando  las cohortes de representantes públicos, con ideologías próximas al agnosticismo o ateísmo, encabezan orgullosos las procesiones y misas solemnes en múltiples pueblos y capitales.

Cuando asisto a alguna celebración (boda, comunión o funeral) efectuados en el marco católico y compruebo que, salvo el oficiante y algún despistado, casi nadie es capaz de seguir el ritual o veo a los políticos procesionar entusiasmados en la correspondiente festividad, siento que la sociedad española aún sigue impregnada de catolicidad. Esta reflexión me hace recordar una anécdota que, aunque lejana en el tiempo, revela hasta que punto la cultura católica marca la vida de los españoles más allá de la práctica religiosa. El suceso me lo contó el hijo del médico que vivió aquel hecho. En aquella España republicana, de comienzos de los treinta del pasado siglo, una noche el médico de un pueblo recibió la visita de un hombre que le pide ir a visitar a su padre. Este doctor le explica que, tal como le había dicho un rato antes, su padre estaba muriendo y nada podía hacer la medicina por él. Y, ante su sorpresa, el hombre le responde: sí, sí, porque está muriendo vengo a llamarle; necesita que le de usted la extremaunción por lo civil.



sábado, 28 de noviembre de 2020

De aquellos barros, estos lodos: regreso al museo del Prado.

 

 

Desde finales de febrero de 2020 nada es igual. Después de tres meses de confinamiento, las salidas se me hicieron algo complicadas. El contagio aumenta y aquella libertad con la que acudía al museo se ha visto reducida. Como el drogadicto que necesita su dosis, así estaba yo; ansiaba volver al museo buscando esa paz que tantas veces he encontrado en sus salas. El peso de la profundidad de la crisis sanitaria y, por ende, de las enormes repercusiones económicas y sociales me acompañaban en mi última visita. Y, casi de manera automática, frente a las grandes obras de Velázquez, recordé la tesis del historiador J.H. Elliot quien, en su libro “La España Imperial. 1469-1716”, defiende que los cuadros del maestro constituyen el mejor documento para comprender la España de ayer.

Al hilo de esos planteamientos, pensé que, acaso, las huellas del pasado configuran las pisadas del presente. En la España de hoy el drama de la pandemia está haciendo resurgir, como las setas tras la lluvia, al menos, tres graves problemas que ya se arrastraban del pasado, pero que quedaban ocultos tras el telón de la aparente bonanza económica. Un desempleo que aumenta cada día, cuando las medidas restrictivas exigidas por el contagio han desinflado la actividad turística y retraído los niveles de inversión. Asimismo, un crecimiento de la deuda pública, consecuencia de las mayores necesidades financieras de un estado que, debe afrontar un mayor gasto sanitario y dar soporte a los ciudadanos golpeados por esta crisis. Y, si los asuntos económicos son importantes, no lo son menos los problemas de corte político institucional, entre los que citaré la organización territorial y la corrupción de las élites políticas y económicas. En efecto, tanto los problemas económicos como los institucionales y políticos no son nuevos, se venían gestando desde tiempo atrás, pero la pandemia ha provocado su estallido.

Frente a Marte, ese dios de la guerra abatido y, casi me aventuro a sostener que vencido, recordaba las palabras del historiador J.F. Elliot: “Felipe II no logró amalgamar los distintos reinos para configurar así un imperio en la práctica, legando a su hijo un país atrasado y alejado de proyectos técnicos y científicos”. Pensaba en la España de hoy, sin imperio, pero con 17 comunidades autónomas que difícilmente articulan un estado moderno. Cada una, armada de sus competencias, adopta unas decisiones independientes que no son más que la expresión nítida de sus poderes territoriales. Y, frente a esta división, el gobierno central, sin un proyecto de país e incapaz de implantar una dirección única, se mueve por puro tacticismo político. En esas aguas, agitadas por una estrategia política cortoplacista, se dilapidan recursos públicos y credibilidad institucional.

El profesor Elliot afirma: “El aparato burocrático que se generó para gobernar el extenso imperio, en la época de los Austrias, trajo consigo prácticas corruptas y un clientelismo que alejaban cualquier intento modernizador de la sociedad española del siglo XVI”. Cinco siglos después, el modelo estatal de organización autonómica ha supuesto un crecimiento sustancial de funcionarios y prácticas administrativas. De hecho, la burocracia española es una de las mayores de Europa y sigue siendo un lastre considerable para la competitividad del país.

En términos comparativos, y utilizando el Índice Global de Competitividad, publicado por el Foro Económico Mundial, España ocupa el puesto número 23 entre las 141 naciones analizadas. Esa posición es sustancialmente peor que la que le correspondería en términos de potencial económico, pues según el Fondo Monetario Internacional, España es la décimo tercera potencia económica en el mundo.

Entre las causas que explican esa distancia se encuentran factores de corte político-institucional, directamente relacionados con la actuación gubernamental o la carga burocrática existente en la vida económica. La tabla adjunta refleja esa afirmación.

Posición de España según componentes del Índice Global de Competividad (IGC)

 

Puesto de España sobre 141 países.

Mejor país en el mundo.

Competitividad Global

23

Singapur

Cargas burocráticas

114

Singapur

Incidencia de la corrupción

39

Dinamarca

Política económica largo plazo

121

Singapur

 

El profesor Elliot afirma que en la España Imperial la riqueza era la base única del rango y el poder. Y, de manera magistral Quevedo en su obra “El Buscón” lo dejaba claro: “Quien no hurta en este mundo no vive”.  En aquella España, el robo y el engaño fueron los principales mecanismos de progreso. El trabajo gozaba de escasa consideración (recuérdense los hidalgos en la literatura picaresca) y se ensalzaba el ocio como objetivo supremo, lo que evidenciaba el predominio de los valores aristocráticos. Con tales componentes, el progreso social se veía dificultado.

Varios siglos después, y dejando claro que la aspiración del hombre es elevar su rango, no parece que el camino de la cultura y del conocimiento sea la vía más transitada en la España actual. La meritocracia no es rentable y las clases dirigentes actuales tienen un elemento común: su mediocridad. La partidocracia se ha impuesto en todas las esferas institucionales. Si en el pasado, la consecución de la hidalguía era un objetivo codiciado por cuanto traía aparejada reputación social y ventajas asociadas, hoy resulta mucho más rápido hacerlo por la cercanía al poder o por la fama que ofrecen los medios de entretenimiento. Resulta desalentador comprobar que, aún en plena crisis sanitaria, los investigadores no constituyan referentes sociales, mientras que el país se conmociona ante las aventuras o desventuras de futbolistas, cantantes o participantes en programas televisivos.

Al contemplar Los Borrachos, la brutalidad y la estupidez de las miradas de esos hombres me golpearon. Aquella sociedad jerarquizada en la que el pueblo estaba condenado a la ignorancia encontraba en la bebida una válvula de escape. La corona, la iglesia y la aristocracia concentraban todo el poder y mientras se divertían y despilfarraban los escasos recursos de esa España imperial, la amplia clase popular vivía continuas hambrunas. No en vano, el hambre ha estado presente en la vida española hasta bien entrada la segunda parte del siglo XX.

Junto a esa obra pensaba que la crisis actual golpeará con mucha fuerza en la sociedad española. Una economía que tiene al turismo como su pilar central se está viendo muy afectada por la pandemia. Ahora se pondrá de manifiesto con total crudeza la falta de ramas económicas con mayor contenido tecnológico. Y, ese aspecto es inseparable del papel de la educación. Puede argumentarse que, en la España de hoy, la educación es universal, pero asistimos atónitos al intenso empeoramiento del sistema educativo con el impacto que, a medio y largo plazo, tendrá para el progreso social. Los líderes políticos, incapaces de salir de sus cálculos electoralistas, son incapaces de articular un sistema educativo válido para hacer frente a las exigencias de calidad que exigen las nuevas condiciones competitivas del sistema. Y, consecuentemente, la educación no está cumpliendo su papel como mecanismo de movilidad social que debería tener en una sociedad desarrollada.


Sostenía la historiadora Margaret McMillan en su libro Juegos Peligrosos: “La historia es un estanque, a veces benigno, a menudo virulento, que yace debajo del presente, dando forma silenciosamente a nuestras instituciones, nuestra manera de pensar, nuestros gustos y aversiones”. Y, con esta carga pesimista, convencida de que los lodos de hoy no son ajenos a los barros de ayer, respiré en los jardines de la Villa Medici en Roma.

 


miércoles, 4 de marzo de 2020

REFLEXIONES SOBRE AGRICULTURA EN EL PRADO




Las manifestaciones de los agricultores, de las que daban cuenta los medios de comunicación, ocupaban mi pensamiento cuando, la pasada semana, me dirigía al museo del Prado. De manera automática, cambié mis planes y me dediqué a disfrutar de las múltiples iconografIas de la Agricultura que exhibe la pinacoteca; un tema muy recurrente entre los artistas. Las obras seleccionadas para ilustrar esta reflexión comparten simbología (frutos, herramientas…), pero hay un elemento común: el trabajo del agricultor durante todo el año para que esa tierra, bendecida por la diosa Ceres de Goya, ofrezca los frutos que llenan el cuerno de la abundancia y que, en esencia, constituyen los alimentos del hombre.
La Agricultura. Francisco de Goya

Casi nadie (siempre hay algunos) discute la importancia de la agricultura para un país. Bien es cierto que, en los países desarrollados, cada vez es menos representativa. De hecho, según los datos del Instituto Nacional de Estadística, en el último trimestre del año 2019, la agricultura generó aproximadamente el 3 por 100 de la producción española y un 4 por 100 del empleo total.
Por lo tanto, ¿por qué es relevante la agricultura? En esencia, por ser la encargada de alimentar a su población y por ser la garante del medio ambiente, al tiempo que fija la población en el medio rural. Y, de inmediato surge la siguiente cuestión. Pero, si hoy día el comercio mundial nos ofrece la posibilidad de conseguir cualquier alimento desde los países más lejanos ¿No debíamos abandonar nuestros campos y comprar todo en los sitios que lo producen más barato? La respuesta inmediata es NO; no, por razones de estrategia geopolítica. Un país que depende de los suministros exteriores para alimentar a su población es muy vulnerable. Luego, si necesitamos a la agricultura, ¿por qué protestan los agricultores españoles?

La respuesta, aunque elemental, es clara: el valor de sus producciones resulta insuficiente para el pago de todos los insumos (los bienes y servicios que necesita para producirlos). Con los datos publicados por el Ministerio de Agricultura he calculado la Relación Real de Intercambio para los cereales y algunos insumos necesarios. Obviando el tecnicismo, los datos son elocuentes: el precio cobrado por los cereales no logra cubrir las compras de los productos necesarios para producirlos. Por ejemplo, en el año 2019, el precio de los insumos para producir cereal fueron todos superiores al precio que obtuvo el agricultor por la venta de su producto. Téngase en cuenta de que este sencillo ejemplo ha contemplado únicamente cuatro artículos, pero para cultivar cereales se necesitan abonos, fertilizantes, servicios financieros (bancos…), servicios de apoyo (fiscalidad, asesoría técnica…) y para todos ellos, la relación de precios sale desfavorable.

 Relación Real de Intercambio de los cereales.

2017
2018
2019
SEMILLAS
93,5
99,2
98,15
ELECTRICIDAD
85,7
89,3
92,7
CARBURANTES
101,4
99,9
92,3
MAQUINARÍA
97,20
102,4
96,9
(Fuente: Anuario 
Fuente: Anuario estadístico. MAPA.


El verano. Salvador Maella
Entonces ¿debe el gobierno fijar un precio y cerrar las fronteras al producto exterior? A las dos cuestiones la respuesta es NO. El precio debe fijarse en los mercados, con libre competencia y ahí radica una cuestión espinosa. Parte de los productos que llegan del exterior, a un precio menor, no lo hacen en condiciones de competencia. Las exigencias productivas/sanitarias para el productor español son más rígidas que para el competidor no comunitario; un ejemplo lo constituyen los requisitos de abonos y fitosanitarios, más estrictos en la normativa europea. Tampoco, los bajos salarios de países competidores son los causantes de este desequilibrio. La agricultura española tiene problemas que debe resolver con una profunda renovación del sector y no volviendo a las viejas demandas novecentistas de solicitar aranceles para el producto local.


A finales del siglo XIX se hizo famosa la frase de los cerealistas castellanos: “Agua, sol y guerra en Sebastopol”. La agricultura del siglo XXI tiene que competir apoyándose en otras ventajas comparativas que le permitan diferenciar su producto y llevarlo al mercado a precios más elevados.

El gobierno tiene que actuar y, no fijando los precios, sino en otros frentes. Por ejemplo, rompiendo el modelo oligopolista que existe en algunos suministros básicos para el agricultor. Un número reducido de empresas multinacionales son las suministradoras de abonos, herbicidas… y no sólo fijan los precios, sino que acuerdan retirar del mercado productos más baratos y obligan a la compra de sustitutos de mayor precio. También puede actuar frente a la actuación casi de oligopolio que forman las eléctricas. El agricultor que ha modernizado su explotación para contar con un regadío eficiente se encuentra que debe pagar un alto precio por la electricidad no sólo en los, aproximadamente cuatro meses en los que riega sus campos, sino a lo largo de todo el año, y ese coste de mantenimiento de la energía eléctrica es muy elevado. Además, en este punto, pocas oportunidades de elección tiene el agricultor; el mercado eléctrico tampoco es de competencia perfecta y las empresas suministradoras de este bien tienen alta capacidad negociadora.

Invierno. Jacopo Bassano.
También el gobierno tiene mucho que hacer en el tema de las ayudas PAC provenientes de Europa. No es sólo cuestión de recortes en la cantidad, sino de la distribución de éstas. 
¿Por qué se dan las ayudas a la superficie de la tierra y no a la producción? De esta manera no se están incentivando las mejoras en las explotaciones; el agricultor cobra lo mismo por hectárea cultivada independientemente del rendimiento obtenido. Así pues, no se está incentivando la innovación ni las mejoras y, por lo tanto, la eficiencia. Se trata de un sistema que privilegia al agricultor “rentista” frente al dinámico y arriesgado. Cierto que el anterior marco europeo contemplaba la producción y se llegó a la aberración de tirar los excedentes. Sin embargo, debe aprovecharse la nueva política agraria que se está diseñando para aprender de experiencias pasadas, centrándose en definir unas ayudas que configuren una agricultura eficiente en cada país y no una “captora pasiva de subvenciones”.

Las ayudas europeas a la agricultura deben ser objeto de debate abierto entre todos los implicados: instituciones, agricultores, expertos… La política agraria debe buscar la eficiencia, en las pequeñas y en las grandes explotaciones. Y, sobre todo, debe evitar que se generen rentas no vinculadas a la producción. Además, el reparto nacional y autonómico de las subvenciones agrarias se presta a una fácil demagogia y da lugar a corruptelas de todos conocidas. Así, la incorporación de jóvenes y mujeres en la agricultura es hoy el paradigma dominante; estos colectivos gozan de derechos agrarios (reconocimiento de subvención) en condiciones ventajosas. El control es insuficiente; las esposas de agricultores que jamás han conducido un tractor ni se han ocupado del campo, más que por su condición de cónyuges, disfrutan de estos beneficios que aumentan la renta familiar. Lo mismo sucede con los beneficios obtenidos para los jóvenes que, no siendo agricultores, son considerados como tales en la estadística y son perceptores de ayudas aunque se encuentren realizando su formación académica. Al no existir control riguroso sobre la utilización de las ayudas, se genera un importante desequilibrio en su reparto, fomentando la desigualdad entre los agricultores, por lo que la competencia se ve seriamente alterada. Y, aunque es un aspecto del que casi no se habla, existe un mercado paralelo en el que se negocian derechos agrarios (esenciales para el cobro de subvenciones) que modifica, de manera artificial, la estructura de rentas del sector.  ¿Por qué la administración pública permite este mercado especulativo?

Copa de las cuatro estaciones. Tesoro del Delfín.

Los bajos precios recibidos por el sector agrario frente a los precios que debe pagar son la manifestación de un problema de hondo calado. Todos los agentes implicados deben aceptar su parte de responsabilidad. El gobierno de turno, mediante el empleo del Boletín Oficial del Estado, no puede resolver por sí mismo esta compleja situación haciendo subir artificialmente los precios agrarios. En una hipotética mesa de negociación, el gobierno debe estar representado por varios ministros: agricultura, industria y comercio. Los agricultores deben adaptarse a las nuevas condiciones; la solución puede pasar por integrarse en cooperativas que logren transformar el producto inicial y llevarlo hasta el mercado. De esta manera se eliminarían eslabones de intermediarios y los beneficios alcanzarían al productor de materias primas. ¿Por qué no existen cooperativas agrarias potentes? El carácter individualista del agricultor no puede ser el único factor explicativo.

Y, por supuesto los consumidores finales. Cuando un comprador llega al mercado debe tener la posibilidad de elección: precio o calidad. Y, para ello, debe ser transparente la información a su alcance. Puede decidir comprar espárragos producidos en China o lentejas procedentes de Canadá que son más baratos, pero la información debe estar clara y no escondida (en algunos casos hay que hacer una tesis doctoral para encontrar la diferencia entre envasado y producido). Pero, ese consumidor debe percibir una diferencia clara para estar dispuesto a pagar un precio mayor por el producto nacional. En otras palabras, el agricultor español debe ir a competir en calidad y no en precio, porque nunca será competitivo toda vez que los costes en países menos desarrollados son menores.
En otras palabras, el problema de la agricultura en España no se resuelve con precios más altos o mayores subvenciones. La solución exige la participación de todos los agentes: agricultores, administraciones públicas, consumidores…  y expertos independientes. Desearía que la estrategia agraria en España pasara por reforzar el potencial negociador del agricultor que le permitiera reducir los intermediarios en la cadena de valor hasta el producto final. Mientras haya tantos eslabones desde el productor agrario hasta el consumidor, ambos son las partes más débiles de la cadena. Y, como nada es sencillo en el orden económico, también hay un problema de especulación mundial sobre las materias primas agrarias, pero ahí se abre otro melón…


NOTA: Casi 10 días después de publicar esta entrada, una crisis sanitaria ha obligado a decretar en nuestro país  el estado de alarma. Las fronteras, que parecían haberse abierto para siempre, comienzan a cerrarse  y los paradigmas globalización/libre comercio ya no parecen tan sólidos. El abastecimiento de la población es uno de los pilares básicos en esta situación de emergencia que se vive en España. En el mundo que se configurará después de esta debacle, de alcance mundial, la agricultura deberá adquirir un papel más importante en la vida económica del país, sin que ello evite la necesidad de reformas que este sector debe afrontar en España.